• Marcelo Aguirre

¿Cómo serías sin tu armadura? ~ El viaje de la vida



Haciendo camino al andar - ¿Hacia dónde voy?


¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Para qué estoy en este mundo? En suma, ¿cuál es mi camino? Entre un punto de partida y uno de llegada —siempre relativos a la intención del viajante— se desarrolla el camino. La vida de cada persona es su propio camino, entre el nacimiento y la muerte, el camino de la vida se va desplegando con cada segundo que sucede al anterior.


Como todo camino, el de cada uno también tiene sus altibajos, bifurcaciones, zonas peligrosas, al igual que miradores y áreas de descanso. Hay etapas del camino en que estamos conscientes de nosotros mismos y del viaje, y hay otras en que funcionamos desde el automatismo y la inercia. Y aunque las metas del viaje cambien durante la marcha, nunca salimos del viaje; mientras respiramos estamos en nuestro viaje, estamos en el camino. Cada vez que somos conscientes del momento presente, tenemos la oportunidad de reafirmar la dirección en la que avanzamos, o decidir parar, retroceder, o virar hacia otro objetivo.


La vida humana entendida como un discurrir a través de un camino metafórico que inicia con el nacimiento —o incluso desde la concepción intrauterina— y que termina con la muerte, es lo que se conoce en la literatura humanista como el arquetípico «Viaje del Héroe», un viaje en el que vamos creciendo en el conocimiento de nosotros mismos y de los otros, en experiencia y sabiduría de vida; un viaje que nos saca de la ignorancia y nos conduce a la libertad:

El héroe recorre los caminos del pensamiento; de corazón entero, valeroso, lleno de fe en que la verdad, cuando él la encuentre, ha de darnos la libertad. (Campbell, 1972)

El viaje del héroe, este modelo simbólico o ‘arquetipo’ de la vida humana ha sido descrito a lo largo de la historia de múltiples modos, revestido de diversos ropajes simbólicos y adornado con innumerables anécdotas. En esta oportunidad me gustaría compartir con ustedes algunos fragmentos e ideas de la versión de este arquetipo prestada en el bellísimo cuento El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher.



En el principio era la ignorancia


Como bien propuso Platón, en su Alegoría de la Caverna, todo ser humano nace en la oscuridad de la ignorancia, atado con las cadenas de las costumbres. Y sólo a partir de tomar consciencia de que estamos dentro de la caverna, será posible dar los primeros pasos para salir de ella hacia la libertad del mundo exterior, en el que podremos ver todas las cosas a la luz del sol —símbolo de hallar la verdad—.


En la misma línea, los que conocen el Eneagrama de la Personalidad saben que es tan fuerte la ignorancia de sí, esto es, la falta de conocimiento del auténtico sí-mismo, y es tan fuerte la costumbre de actuar bajo el automatismo de los hábitos que nos llevan a sostener una determinada imagen, rol o máscara social de cara a los otros, que llegamos a convencernos de que nuestra personalidad es nuestra ‘esencia’. Lo cual es simplemente falso. En realidad, nuestra personalidad es sólo un conjunto de hábitos que hemos ido consolidando a lo largo de los años, bajo el condicionamiento de nuestra propia mente y bajo el influjo del entorno y las experiencias que han dejado alguna huella en nuestra memoria y sesgan —para bien o para mal— nuestras creencias.


Si no tenemos en cuenta que nuestro ser o esencia trasciende nuestra personalidad, un determinado rol social, un determinado conjunto de hábitos, caemos en la trampa del Caballero, quien inicialmente estaba sobre-identificado con su máscara social:

Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que eran malos, mezquinos y odiosos, mataba dragones y rescataba damiselas en apuros. Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenía la mala costumbre de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas. (Fisher, 1993; cap. 1)

Los hábitos que componen nuestra personalidad, aunque nunca desaparecerán completamente —pretenderlo sería una ilusión—, sin embargo, sí se pueden flexibilizar. Esa es una meta realista para la psicoterapia y el desarrollo personal en general. Cuanto más rígida sea nuestra personalidad, con menor adaptación a las circunstancias, más dificultades tendremos en nuestras relaciones. Tal como le pasó al Caballero con su esposa Julieta y su hijo Cristobal:

—Sí que te amo —insistió el caballero, abrazándola torpemente con su fría y rígida armadura, casi rompiéndole las costillas. —¡Entonces, quítate esa armadura para ver quién eres en realidad! —le exigió Julieta. —No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y partir en cualquier dirección —explicó el caballero. —Si no te quitas la armadura, tomaré conmigo a Cristóbal, subiré a mi caballo y me marcharé de tu vida. (Fisher, 1993; cap. 1)

Y se marchó. La ruptura con su pareja y el alejamiento de su hijo motivó al Caballero a emprender el camino del autoconocimiento, la flexibilización de sus rigideces, el desarrollo personal hacia una vida más plena y libre.



En el bosque de la crisis

El herrero no había podido ayudar al Caballero a quitarse la armadura. Esa misma armadura de la cual en un momento estaba orgulloso, ahora se había convertido en una prisión, y en un gran obstáculo para conectar son sus seres queridos. Estaba decidido a quitársela. Le dijeron que el único que podía ayudarlo era el sabio mago Merlín, que habitaba en los bosques adyacentes.

Mientras cabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero se dio cuenta de que había muchas cosas que no sabía. Siempre había pensado que era muy listo, pero no se sentía tan listo ahora, intentando sobrevivir en los bosques. (Fisher, 1993; cap. 2)

Las experiencias de ‘crisis’ nos sacuden. A veces nos ponen de cara a un terreno poco conocido, fuera de nuestra zona de confort, como puede ser tener que aprender a estar solo, o lo contrario, aprender a construir una relación armónica y satisfactoria con un otro. En cualquier caso, las crisis siempre nos enseñan algo. Pero necesitamos ser pacientes, conectar con nuestras auténticas necesidades internas, sin escapes ni distracciones. En el bosque de la crisis tenemos la oportunidad de escuchar lo que realmente necesita nuestro corazón, que no siempre es lo que parece:

—¡Tengo que salir de estos bosques! Le dijo el Caballero al mago. —¿A dónde irías?, le replicó. —Regresaría con Julieta y Cristóbal. Han estado solos durante mucho tiempo. Tengo que volver y cuidar de ellos. —¿Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo? —preguntó Merlín. (Fisher, 1993; cap. 2)

El mago añadió que sólo podría librarse de su armadura de un modo progresivo —no hay soluciones mágicas para los temas del corazón—. Para eso, debía emprender un largo camino. Merlín obsequió al Caballero una llave, con la cual podría abrir las puertas de tres castillos con los que se toparía en su viaje, a pie, por el ‘sendero de la verdad’ (Fisher, 1993; cap. 3).



Darse cuenta - El castillo del silencio

Al entrar en el primer castillo, del silencio, el Caballero fue enfrentándose a las voces que resonaban en lo profundo de su corazón.

Se quedó quieto y escuchó el silencio. Se dio cuenta de que durante la mayor parte de su vida no había escuchado realmente a nadie ni a nada. El sonido del viento, de la lluvia, el sonido del agua que corre por los arroyos, habían estado siempre ahí, pero en realidad nunca los había oído. Tampoco había oído a Julieta cuando ella intentaba decirle cómo se sentía; especialmente cuando estaba triste. Le hacía recordar que él también estaba triste. De hecho, una de las razones por las que había decidido dejarse la armadura puesta todo el tiempo era porque así ahogaba la triste voz de Julieta. Todo lo que tenía que hacer era bajar la visera y ya no la oía. Julieta debía de haberse sentido muy sola hablando con un hombre envuelto en acero; tan sola como él se había sentido en esta lúgubre habitación. Su propio dolor y su soledad afloraron. Comenzó a sentir el dolor y la soledad de Julieta también. Durante años la había obligado a vivir en un castillo de silencio. Se puso a llorar. (Fisher, 1993; cap. 4)

Cuando hacemos silencio, empiezan a hacerse más notorias las voces internas. Voces que muchas veces tapamos con ‘ruidos’, actividades, obligaciones, buenas razones, distracciones o simplemente pretextos para no escuchar. Pero tenemos oídos para escuchar. Cuando nos predisponemos a hacerlo, van apareciendo voces que nos indican hacia dónde está la siguiente puerta a abrir. A medida que nos vamos adentrando en las habitaciones del castillo de nuestro corazón, en cada habitación nos damos cuenta de algo importante. ¿De qué me he dado cuenta últimamente respecto a mi propia vida, a mis relaciones, a mis motivaciones? Si la respuesta es ‘de nada’, quizás deberíamos hacer más silencio…



Un tesoro oculto - El castillo del conocimiento

En una de las paredes internas del segundo castillo, del Conocimiento, el Caballero encontró la siguiente interpelación: «¿Habéis confundido la necesidad con el amor?».


Podemos pensar que la pregunta es un tanto capciosa, por cuanto todo ser humano ‘necesita’ amor, sentirse amado y brindar amor. Sin embargo, si tenemos en cuenta que según Aristóteles (335 a. C.), el amor humano más excelente es el amor de amistad, el cual consiste en «desear el bien del otro»; entonces, la pregunta que interpela al Caballero adquiere gran relevancia.


Lo que nos lleva a nuevos interrogantes: ¿Cuánto amo realmente al otro, en el sentido de procurar ‘su’ bienestar? ¿Cuál es mi límite entre amar y depender emocionalmente del otro? ¿Busco en el otro lo que no llego a ver —y por ende, no llego a apreciar— en mi mismo?

Un pensamiento le vino a la mente como un relámpago: ¡Había necesitado el amor de Julieta y Cristóbal porque no se amaba a sí mismo! De hecho, había necesitado el amor de todas las damiselas que había rescatado y de toda la gente por la que había luchado en las cruzadas porque no se amaba a sí mismo. El caballero lloró aún más al darse cuenta de que si no se amaba, no podía amar realmente a otros. Su necesidad de ellos se interpondría. Al admitir esto, una hermosa y resplandeciente luz brilló a su alrededor, ahí donde antes había habido oscuridad. (Fisher, 1993; cap. 5)

Aunque suene a lugar común, es necesario recordarlo: No somos media-naranja de nadie. Hasta que no aprendamos a aceptarnos, amarnos y valorarnos tal y como somos —o mejor, tal y como ‘estamos siento’ en cada momento de nuestra vida— en vano será que busquemos la felicidad en otra parte, persona o logro.



Frente al miedo y la duda - El castillo de la valentía

El conocimiento de sí mismo es sólo un paso necesario en el camino. El siguiente paso es siempre poner en práctica lo que hemos aprendido. Esa fue la experiencia del Caballero en el tercer castillo, de la valentía. En su interior habitaba un enorme y atemorizante dragón que lanzaba llamas. Naturalmente, el Caballero sintió miedo y comenzó a dudar de su capacidad para afrontar la situación.

En cualquier proceso de crecimiento y aprendizaje son esperables las dudas acerca de poder superar una nueva crisis o alcanzar una meta que parece lejana y difícil de conseguir. En nuestro interior podemos escuchar voces desalentadoras, pensamientos negativos y desesperanzadores que nos cierran posibilidades.

El dragón al que se enfrentó el Caballero tenía la habilidad de leer su mente. De modo similar, el mayor enemigo al que nos tenemos que enfrentar, la mayoría de las veces, no es algo externo sino nuestro propio pensamiento. La práctica del Mindfulness, por ejemplo, nos ensaña a prestar atención a los productos de nuestra mente, pensamientos y emociones, a aceptarlos en lugar de evitarlos compulsivamente —lo que incrementaría la influencia negativa de esos productos mentales sobre nuestra conducta, decisiones y acciones— (Kabat-Zinn, 2011).


Siempre es mejor enfrentar que huir o evitar. Eso mismo fue lo que aprendió el Caballero en esta experiencia con el dragón.

El caballero recordó que no necesitaba probar nada a nadie. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no debía sentir ni miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión (…) El dragón dejó escapar una poderosa carcajada y disparó un chorro de fuego contra el caballero en retirada. Con un aullido de dolor, el caballero atravesó el puente como una bala. Se puso en pie de mala gana, inspiró profundamente y cruzó el puente levadizo una vez más. El dragón le miró incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco. —¿Otra vez? —bufó—. Bueno, esta vez sí que te pienso quemar. Pero esta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro; uno que cantaba una y otra vez: «el miedo y la duda son ilusiones». El dragón lanzó gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero, por más que lo intentaba, no lograba hacerlo arder. A medida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo cada vez más pequeño, hasta que alcanzó el tamaño de una rana. (Fisher, 1993; cap. 6)

En concordancia con lo que nos muestra el Caballero frente al dragón, ACT, la Terapia de Aceptación y Compromiso, nos enseña que la clave para salir de nuestras mentes y entrar en nuestras vidas está en no evitar compulsivamente los pensamientos y emociones que nos generan malestar, sino que debemos observarlos y, poco a poco, ir tomando distancia de ellos, defusionándonos de ellos. Así, al recordar que los pensamientos y emociones nos son hechos externos, sino eventos internos, productos de nuestra mente, podemos tener mayor libertad para continuar avanzando en nuestro camino, sosteniendo el compromiso con nuestros valores (Hayes, 2005).



Transformación - En la cima de la verdad


Habiendo pasado por la experiencia del darse cuenta de su situación inicial, haber atravesado los tres castillos —silencio, conocimiento y valentía—, con cada nuevo aprendizaje y con cada lágrima derramada a lo largo del camino, el Caballero fue liberándose poco a poco de su armadura, que fue aflojándose y deshaciéndose gradualmente. Sin su armadura, finalmente, el caballero podía conectar más profundamente con la experiencia de estar vivo, sentir la frescura de la brisa, la calidez de los rayos del sol sobre su rostro, podría incluso experimentar que no estaba solo, sino de un modo muy sutil y real, estaba conectado con todo el universo.

El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el este. Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la luna, deslumbrante como el sol. (Fisher, 1993; cap. 7)

Finalmente, te invito a abrazar con gozo y agradecimiento el camino de tu vida, una aventura única, con experiencias irrepetibles e intransferibles. Siguiendo el camino del Caballero, te invito a apreciar tu vida, a agradecer las oportunidades de aprendizaje, incluyendo las crisis y los errores cometidos. Recuerda que si puedes o pudiste aprender algo a partir de las diferentes etapas del camino de la vida, incluyendo las experiecias dolorosas, no fueron en vano.


Hasta la próxima,

Marcelo Aguirre

Referencias

  • Aristóteles (335 a. C.) Ética Nicomáquea (Ed. Gredos)

  • Campbell, Joseph (1972). El héroe de las mil caras

  • Fisher, Robert (1993). El caballero de la armadura oxidada

  • Hayes, Steven (2005). Sal de tu mente, entra en tu vida

  • Kabat-Zinn, Jon (2011). La práctica de la atención plena


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