• Marcelo Aguirre

Parar para sanar



Durante los últimos milenios hasta el siglo XIX, los mensajes y cartas eran transportados a pie, a lomo de burro, en carretas tiradas por caballos, o usando aves mensajeras. Según el medio de transporte y la distancia a la que se encontraba el destinatario, el mensaje podía tardar horas, días, semanas o meses en llegar. Antes de la electricidad, el internet y la tecnología moderna, el mundo antiguo y medieval parecían funcionar mucho más lento en comparación con nuestro tiempo.


Nuestro mundo actual, influido por las telecomunicaciones instantáneas, los viajes por medio de transportes cada vez más veloces —como el avión y el tren bala— ha adoptado un estilo de vida que parece ir cada vez más y más rápido. Es así como vivimos en un mundo en el que las personas corren todo el tiempo, de aquí para allá, generando hábitos poco saludables. Y los hábitos son realmente importantes, en tanto determinan nuestro estilo y calidad de vida.


Parafraseando a William James, uno de los pioneros de la psicología moderna, podríamos afirmar que somos criaturas de hábitos. Nos acostumbramos a diferentes estilos de vida, diferentes ritmos y modos de funcionamiento cotidiano, al punto que la fuerza de la costumbre y los hábitos dan origen, en nuestro cerebro, a engramas, interconexiones neuronales relativamente estables, surgidas de la repetición de acciones, que vuelven nuestra conducta cada vez más rápida y automática.


Algunos automatismos son funcionales, es decir, nos permiten ahorrar tiempo y energía en la ejecución de acciones que repetimos a diario y que, por ello, han pasado a formar parte del modo de funcionamiento que llamamos ‘piloto automático’, tales como cepillarnos los dientes, higienizarnos, preparar el desayuno, etc. Pero cuando sumamos más y más acciones al piloto automático, podemos llegar a perder la noción de qué estamos haciendo y para qué lo estamos haciendo.

«En los grupos de meditación Zen hay una conocida historia de un hombre y su caballo. El caballo galopa rápidamente; parece que el hombre que lo monta está yendo hacia algún lado importante. Otro hombre, desde fuera del camino, le grita al pasar, “¿A dónde vas con tanta prisa?”. Y el primero le responde, “¡No lo sé; pregúntale a mi caballo!”». (Thich Nhat Hanh, 1998; p. 24)

Tal es la fuerza de la inercia que resulta de vivir en piloto automático. Si siempre estamos corriendo, llenos de estrés y ansiedad, podremos llegar al punto de olvidarnos de nosotros mismos y de la motivación auténtica por la que hacemos lo que hacemos.