• Marcelo Aguirre

La caída de Ícaro: Autoestima, narcisismo y compasión



Volar para escapar


Según el antiguo mito griego, Dédalo era un artesano, herrero y constructor admirable, que había aprendido su oficio de la misma diosa Atenea. Su hijo, el joven Ícaro, lo ayudaba en el trabajo. Ambos fueron contratados por el rey Minos de Creta. A pedido del rey, Dédalo construyó el laberinto donde Minos ocultaría al Minotauro (mitad hombre, mitad toro, hijo de Pasífae, esposa del rey Minos, con el gran Toro blanco de Creta).


Cuando el rey se enteró que Dédalo había sido cómplice de la traición de su esposa, ayudándola a consumar su pasional unión con el Toro, enfurecido, Minos mandó encerrar a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto del Minotauro, el mismo que el artesano había construido. Pasífae los ayudó a salir del laberinto, pero aún debían escapar de la isla…


No era fácil huir de Creta, pues Minos tenía todos sus barcos bajo guardia militar y ofreció una fuerte recompensa por su aprehensión. Pero Dédalo hizo un par de alas para él y otro para Ícaro; estaban hechas con plumas de ave atadas con hilos y otras menores pegadas con cera. Después de haber preparado el par de alas de Ícaro, le dijo con lágrimas en los ojos: «¡Hijo mío, ten cuidado! No vueles a demasiada altura para que el sol no funda la cera, ni demasiado bajo para que el mar no humedezca las plumas». Luego deslizó sus brazos en su par de alas y ambos emprendieron el vuelo. «Sígueme de cerca —gritó— y no tomes un rumbo propio».
Cuando se alejaban de la isla volando en dirección del nordeste, agitando sus alas, los pescadores, pastores y agricultores que miraban hacia arriba los tomaron