• Marcelo Aguirre

¿Dónde he estado toda mi vida?



¿Quién no ha deseado alguna vez irse lejos, muy lejos, soñando encontrar en algún idílico y remoto lugar, un momento de profunda y satisfactoria paz mental? En los tiempos que corren, con tantos nuevos desafíos a los que tenemos que atender, somos nosotros mismos quienes no dejamos de correr. Si no es nuestro cuerpo el que corre de un lado a otro para cumplir con obligaciones diversas, es nuestra mente la que parece no tener ni un momento de tranquilidad y descanso. Es ahí cuando tomamos consciencia del valor inestimable de aprender a serenar nuestra mente.


La mente humana tiene una habilidad única entre los seres de la naturaleza: la capacidad de darse cuenta de lo que siente y piensa, y de observarse a sí misma en el proceso de darse cuenta. Esa habilidad es la que se entrena en la práctica de la meditación. Y en esa habilidad —observar con apertura, sin dejarnos arrastrar ni quedar atrapados en los contenidos de nuestra mente—, allí es donde radica la serenidad que tanto aspiramos a alcanzar.


Serenar la mente no implica aspirar a eliminar todos nuestros pensamientos nocivos y emociones incómodas, sino más bien, como nos enseñan los enfoques contextuales como el Mindfulness y ACT, cultivar una mente serena requiere aprender un nuevo modo de relacionarnos con los contenidos mentales. Esto es, aprender a posicionarnos internamente en el rol del observador. El observador interno es una parte de la mente que no se reduce ni se identifica con sus contenidos, como sensaciones, pensamientos, emociones... sino que puede tomar distancia de ellos, observarlos como lo que son, contenidos y productos de nuestra mente.


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