• Marcelo Aguirre

Apreciar lo que tenemos



Entre dormidos y distraídos


Cuando pasamos por los mismos lugares una y otra vez, pocas veces apreciamos lo particular de cada uno de ellos. La monotonía se apodera de nuestra habilidad para distinguir lo novedoso de cada experiencia. Excepto cuando algo sucede, cuando aquello a lo que estábamos acostumbrados a encontrar en el paisaje, cambia. Entonces algo llama nuestra atención. ¿No había en esta esquina tal cosa...? Ahora ya no está. Algo cambió, y el cambio despertó nuestra curiosidad.


Lo mismo ocurre con el paisaje interior de nuestra vida. A veces el paso de las horas, días, semanas, meses o incluso años, se percibe como 'más o menos lo mismo' de siempre, hasta que algo cambia. Esto es un claro signo de que estamos sumidos en el 'canto de la sirena' de la monotonía, adormecidos, robotizados en la rutina, insensibilizados ante las permanentes y sutiles novedades de la experiencia. Y aunque, de hecho, cada instante —presente— es diferente a todos los demás del pasado y del futuro, pocas veces advertimos las diferencias. De hecho, cada instante —siempre presente— es simplemente nuevo y único, porque no se va a repetir nunca exactamente en las mismas circunstancias del 'aquí y ahora'.


Y, por lo común, cuando no estamos dormidos, estamos distraídos, enredados en los efectos mentales del deseo. El deseo también nos desconecta de la experiencia del presente, y nos lleva —en la imaginación— hacia el territorio de la ilusión. Cuanto más soñamos con posibilidades, más nos alejamos de saborear la experiencia de estar vivos aquí y ahora. De hecho, la especialidad de la mente ansiosa es el vagabundeo.


(Respecto de la mente ansiosa, pueden ver la grabación de uno de mis webinars titulado «La mente de mono», de acceso gratuito en la sección Videoteca).



Perder para re-encontrar


Ya lo sabemos, no es fácil permanecer anclados en el presente. A veces pensamos que la culpa la tiene el pasado; o más bien el futuro. Es decir, puede que en ocasiones sintamos que la vida nos ha ‘malacostumbrado’ habiéndonos dado algo valioso en el pasado, a lo cual nos hemos apegado, y que ahora no podemos sacárnoslo de la cabeza. Volvemos a eso que tuvimos y deseamos volver a tener, aunque, por supuesto, esta vez en mejores circunstancias. ¿Qué deseamos recuperar? ¿Acaso salud, amor, dinero, diversión, libertad, juventud, aquél trabajo, aquella persona, aquella casa, aquél auto...? No siempre es verdad aquél dicho popular, 'Todo pasado fue mejor'. Sin embargo, puede que nuestra mente vagabunda, siempre inquieta e insatisfecha, sueñe con algo del pasado.


Otras veces la mente nos saca del presente y nos arroja disparados como flechas hacia un objetivo o meta en el futuro. El anhelo se convierte en ansiedad por lo que va a venir, o quisiéramos conseguir. Y, al igual que ocurre con el deseo de algo pasado, así también con la expectativa de algo futuro. ¿Qué deseamos conseguir? ¿Acaso salud, un nuevo amor, más dinero, diversión, libertad, una nueva oportunidad, nuevo trabajo, otras personas significativas, otra casa, un nuevo auto...?


Y así, buscamos la felicidad en el vagabundeo mental, deseando recuperar algo que tuvimos y proyectando alcanzar lo que aún no conseguimos, saltando como un mono de rama en rama, del pasado al futuro. Así le pasó a este 'buscador' que ahorró durante muchos años para llevar a donde un renombrado maestro espiritual:

Había una vez un hombre que viajó a la otra mitad del planeta para encontrar al sabio que le indicaría, por fin, dónde hallar la felicidad. Había viajado mucho, había acudido a muchos maestros, y ya era conocido en todo el país. Habiendo ahorrado durante toda su vida, llevaba consigo una bolsa llena de diamantes; y en cuanto halló al anciano sabio le ofreció: —Esta bolsa es tuya a cambio del secreto de la plenitud y la felicidad. Todos estos diamantes son tuyos si sabes indicarme el camino. El maestro asintió. Se puso lentamente en pie. Y en cuanto estuvo erguido... ¡agarró la bolsa de los diamantes y echó a correr! Nuestro hombre se quedó petrificado: no podía creer lo que veían sus ojos. ¡Un famoso maestro robando como un vil embaucador y ladrón! En cuanto se recuperó empezó a perseguirlo por el pueblo: —¡Al ladrón! ¡Me ha robado todo lo que tenía! ¡No es un sabio sino un fraude! Gritaba y corría, pero el maestro conocía bien las callejuelas y le despistó enseguida. Al poco tiempo, el hombre se derrumbó abatido en una esquina, llorando: —¡Mis diamantes! ¡Era todo lo que poseía! Las personas del lugar se arremolinaron a su alrededor. Muchos le intentaban animar, en vano. Al final le acompañaron al lugar donde había dejado su caballo, junto al árbol del anciano. Y, ¡qué locura!, el maestro estaba sentado allí, con la bolsa de diamantes al lado, esperando a que, por fin, su dueño llegara a reclamarla y, con ello, asimilara la lección del caso. El viajero se lanzó sobre la bolsa y la apretó fuertemente contra su corazón: —¡Bendito sea Dios! —decía y repetía, lleno de agradecimiento y felicidad. El maestro lo miró sonriendo y preguntó: —¿Estás feliz ahora? —Nunca lo estuve tanto —concluyó el viajero. —Pues, hijo mío, esa misma es la clave de la felicidad. (Adaptado de Santandreu, 2018)


Re-encontrar para apreciar


Es así que cuando perdemos —o estamos a punto de perder— nuestra bolsa de 'diamantes', aquello muy valioso para nosotros y que nos ha constado gran esfuerzo conseguir, entonces algo en nuestro interior despierta, algo en nuestra mente y corazón recupera el foco perdido, volvemos a ver con claridad cuán valioso era aquello que teníamos y no apreciábamos lo suficiente. Ahora bien, ¿qué es en sí mismo apreciar?

Apreciar es una de las formas más puras de amor y una suerte de conexión. Mientras que la gratitud es un sentimiento que tiene que ver más con el pasado, apreciar es un pensamiento consciente que se esparce desde el pasado hacia el presente y el futuro. Es por eso que frecuentemente escuchamos a las personas decir, no sólo que están agradecidas, sino que realmente aprecian el esfuerzo de los otros que contribuyeron a que ellas pudieran alcanzar alguna meta (...) 'Apreciar' es siempre respecto al presente, como cuando apreciamos que las personas —y las mascotas— que amamos están hoy en nuestra vida. (Zantamata, 2021)

Una vez que apreciamos lo que habíamos dado por sentado, lo que habíamos pasado por alto, por estar mentalmente dormidos o distraídos, entonces nos preguntamos —acaso con cierta nostalgia— ¿por qué no lo vi antes? Pero no nos confundamos: llegar a apreciar todo lo bueno y valioso que tenemos momento a momento en nuestra vida es siempre fruto de un aprendizaje.


De hecho, nuestra mente está tan condicionada por la desconexión respecto del presente, el deseo de lo que quisiéramos tener y el temor a perder lo que tenemos —los llamados tres venenos del alma de la tradición budista—, que lo frecuente no es encontrar personas que vivan en un constante estado de consciencia y aprecio del presente, sino todo lo opuesto. ¡Cuán distinto sería nuestro mundo si viviéramos más en el presente, apreciando cada instante como un regalo de la vida!


A través de las pérdidas de diverso tipo —salud, trabajo, seres queridos, etc.— la vida misma se nos presenta como aquél sabio maestro del citado cuento budista que nos quita —o amenaza con quitarnos— aquello valioso que tenemos. Y, ¿para qué? —esa es una pregunta más lúcida y útil que el estéril victimismo del ¿por qué a mí?— para que despertemos, para que miremos con ojos renovados, para que apreciemos lo que tenemos, en vez de simplemente buscar algo que no tenemos. ¡Ahí está una de las auténticas claves de la felicidad! Parar, mirar, apreciar.


¿Que no te sientes feliz aquí y ahora mismo? Antes de lamentarte y quejarte, pregúntate y respóndete haciendo un listado: ¿Qué no estoy viendo cuando focalizo mi mente en lo que no tengo? ¿Qué —cosas, personas, circunstancias— valiosas tengo hoy? ¿Qué no estoy apreciando lo suficiente?