• Marcelo Aguirre

De la Víctima al Héroe. Un proceso de transformación


I. EL ARQUETIPO DE LA VÍCTIMA

Imprecisiones y paradojas

La mente humana tiene una complejidad inconmensurable, a lo cual debemos añadir que nuestras intenciones en ocasiones son contradictorias con nuestros principios, y nuestro razonamiento —en el que fundamos tales principios— muchas veces se halla viciado por opiniones y creencias que solemos generalizar a partir de experiencias particulares. Y lo que en ocasiones nos parece evidente muchas veces no es más que una visión errónea o inexacta —imprecisa— de la realidad, producto de nuestra asombrosa capacidad para realizar 'inferencias arbitrarias', es decir, para sacar conclusiones basadas en premisas insuficientes, basadas más en nuestros prejuicios acerca de lo que ocurre —tomados simplemente como hechos indiscutibles— que sobre una observación imparcial de los acontecimientos.

Además, nos encontramos a diario con paradojas que nos dejan perplejos, tales como que —aunque sus palabras digan lo contrario— no todas las víctimas manifiestan con sus acciones un auténtica voluntad de dejar de ser víctimas, y muchos victimarios declaran de sí mismos haber sido obligados por las circunstancias a hacer lo que los ha convertido en victimarios. En el primer caso, la víctima no es propiamente víctima; en el segundo, el victimario es, en el fondo, una víctima.

Nótese que cuando hablamos de víctima en general, no nos referimos a las víctimas en cuanto individuos particulares que sufren de alguna manera una acción injusta, sino más bien al Arquetipo de la Víctima.

¿Qué es un arquetipo? ¿De dónde surge?

Un Arquetipo, en la concepción de Carl Gustav Jung, es un «patrón de la psique», una configuración de tipo mental, emocional, actitudinal y comportamental —la mayor parte de las veces no consciente—, que determina algún aspecto del funcionamiento psicosocial, tanto de individuos concretos, como de grupos y culturas (Jung, 2004).

Tales patrones de la psique se originan en experiencias humanas universales (dimensión filogenética), y se activan en cada individuo en función de determinadas vivencias personales, particularmente aquellas que por algún motivo han dejado una 'huella' en el alma, tales como ciertas vivencias significativas de la infancia —o de alguna otra etapa vital— experimentadas por el individuo con una peculiar intensidad (dimensión ontogenética de los arquetipos).

Por ejemplo, a partir de la experiencia universal de la maternidad —experiencia presente en todas las culturas, en todos los tiempos—, con sus múltiples variaciones en estilos y modos, hallamos en la psique humana el arquetipo de la Madre, que incluye una gran variedad de matices, y que se plasma en figuras particulares de madres, diferentes en cada cultura, como la Madre Tierra (Pachamama), la Virgen María, la Diosa Kali, etc. Incluso la imagen que tenemos de nuestra propia madre puede estar teñida por algún matiz perteneciente al arquetipo universal de la Madre, que puede corresponder, en mayor o menor medida, a caracterís