• Marcelo Aguirre

Eneagrama de los mecanismos de defensa (actualizado)


Introducción

Originalmente, en el psicoanálisis freudiano, la noción de mecanismos defensivos alude a cierto conjunto de comportamientos y procesos psíquicos de raíz inconsciente que con más o menos eficacia tienen a evitar la angustia y otras emociones displacenteras, resultantes del conflicto intrapsíquico entre las pulsiones del Ello (bajo el principio del placer), las exigencias morales del SuperYo (normas y prohibiciones culturales), y las consideraciones del Yo consciente (que pretende funcionar "racionalmente", bajo el principio de realidad).

Claudio Naranjo tuvo la genialidad de reorientar el estudio de los mecanismos de defensa situándolos no ya en el contexto del conflicto pulsional, sino dentro de la “psicodinámica existencial” de los nueve estilos de personalidad o eneatipos. En este nuevo horizonte de interpretación psico-ontológico, los mecanismos de defensa son vistos como intentos fallidos del ego por suplir su originaria desconexión respecto del ser, y evitar así el sufrimiento que le es consecuente. Los mecanismos de defensa serían, de este modo, los principales representantes de los automatismos del ego; su origen estaría en la mencionada desconexión respecto del ser, lo que en la expresión del psiquiatra chileno se denomina oscurecimiento óntico; además, los mecanismos de defensa, a medida que más son ejercitados por el ego, perpetúan la desconexión con el ser, sumiendo al ego no sólo en la neurosis, psicológicamente hablando, sino también y principalmente en la ignorancia de sí y en su consecuente crisis existencial, alejándolo cada vez más de su referencia al ser o esencia.

Nótese que entre «desconexión respecto del ser» y «oscurecimiento óntico», expresiones análogas que normalmente se usan de modo intercambiable, hay una sutil diferencia. Son dos modos de enfocar la dramática —y mítica— pérdida originaria de la Totalidad trascendente y la armonía interna y externa del alma humana (en muchas religiones y mitos antiguos encontramos una referencia a esta desconexión originaria o caída; tema sobre el que hace tiempo dediqué, en mi antiguo blog, un artículo titulado El triángulo central y la caída).

La primera expresión —desconexión respecto del ser— pone el acento en la pérdida de la experiencia de la vinculación con la totalidad, esto es, el alma humana pierde su referencia al todo, al ser, y a partir de ello comienza a verse ilusoriamente como una parte separada e independiente de la totalidad. En tal sentido, el ego se percibe a sí mismo como parcial, deficiente, incompleto en relación a la totalidad, ser o esencia; y buscará modos neuróticos de compensar esa deficiencia óntica: de allí surgirán las nueve pasiones del eneagrama o motivaciones deficitarias —como las llama Naranjo—.

La segunda expresión —oscurecimiento óntico— pone el acento en la ignorancia del sí mismo auténtico, en virtud de la cual el ego construye una máscara —un falso-sí-mismo—, junto con una errónea visión de los demás y del mundo, respecto de los cuales alberga una «ilusión de separación», como si el sí-mismo pudiera, acaso, existir separado de los otros y del mundo en su totalidad. De allí surgen las nueve fijaciones cognitivas, que son nueve errores cognitivos implícitos, creencias erróneas —«ideas locas», como los denomina coloq