• Marcelo Aguirre

Las cuerdas de la lira. La tiranía de la exigencia


Los antiguos filósofos pitagóricos del sur de Italia (allá por el siglo VI a.C.) tenían muy en claro la importancia de la mesura como condición de la armonía. Y esto en un sentido muy concreto: ensayaban distintas intensidades de fuerza para estirar las cuerdas de una lira. Observaron que la calidad y grado de agudeza de la nota musical del instrumento resultaba no sólo de la longitud de la cuerda —a menor longitud, más agudo, menos grave el sonido de la cuerda— sino también de la fuerza con la que se estiraba la cuerda. Sometida a un trabajo extremo —demasiado estirada— la cuerda se rompía; a la vez que, sometida a un trabajo deficiente —demasiado suelta— el sonido resultante era consiguientemente soso y poco afinado.



Así como la cuerda de una lira se rompe por exceso de tirantez, y desafina por falta de ella, así también, para encontrar nuestra propia 'armonía' en el día a día, es necesario que hallemos un punto equilibrado, moderado, respecto a las exigencias internas y externas a las que estamos sometidos.



Rigidez y flojera: dos vías hacia el estrés


La palabra estrés originalmente fue empleada en el ámbito de la física para referirse de la presión o fuerza máxima que podría soportar un cuerpo sólido sin romperse (Nebot Guillamón, 2017).


En el plano psicofísico, podríamos referir el término estrés a un nivel excesivamente nocivo de exigencia —interna y externa— al que estamos sometidos. A partir de hallazgos de múltiples estudios, hoy sabemos que el incremento de estrés relacionado con elevados niveles de ansiedad y excesiva autoexigencia, produce una merma en la calidad de nuestro desempeño o rendimiento en diversos ámbitos —trabajo, estudio, deportes, e incluso en las relaciones interpersonales— y también, desregulación emocional y disminución del disfrute (Torres & Baillés, 2014).



La procrastinación —la cuerda demasiado floja— (popularmente llamada 'flojera'), dejar lo importante para un indeterminado 'después' o simplemente para último momento, es una trampa, puesto que, al fin de cuentas, nos deja un saldo de insatisfacción y, en ocasiones, culpa porque sabemos que procrastinar nos lleva a vivir al límite, a 'correr para cumplir' y la calidad del resultado usualmente es considerablemente menor que la que pudiéramos conseguir mediante un uso más eficiente del tiempo y los recursos (incluso, podríamos tener tiempo para revistar antes de finalizar una tarea).