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No te aferres a quien fuiste

Foto del escritor: Marcelo Aguirre
Marcelo Aguirre
hace 13 minutos
12 min de lectura

Sobre el trauma, la identidad y la posibilidad de transformarnos sin negar nuestra historia


«Noli me tangere» — Fra Angelico (c. 1440), fresco, Museo nacional de San Marco, Florencia, Italia.
«Noli me tangere» — Fra Angelico (c. 1440), fresco, Museo nacional de San Marco, Florencia, Italia.

Cuando nuestra historia se convierte en identidad


Hace unos días escuchaba un podcast en el que conversaban dos reconocidos terapeutas, con muchos años de experiencia en el abordaje del trauma psicológico desde el modelo de Sistemas de la Familia Interna (IFS) y otras perspectivas contemporáneas.


La conversación era interesante, profunda y, sin duda, estaba atravesada por una genuina sensibilidad hacia el sufrimiento humano de parte de ambos profesionales. Sin embargo, mientras los escuchaba, comencé a experimentar cierta incomodidad. Algo en el modo en que ambos se referían al trauma, a las heridas emocionales y a las partes de la psique me llevó a preguntarme si, en ocasiones, no corremos el riesgo de aferrarnos demasiado a las mismas distinciones que usamos para intentar comprendernos.


Por supuesto, reconocer el trauma constituye un avance fundamental en la psicoterapia contemporánea. Durante demasiado tiempo, muchas personas interpretaron sus dificultades emocionales como defectos de carácter, debilidades personales o fracasos de voluntad, sin comprender que algunas de sus reacciones actuales alguna vez fueron adaptaciones al trauma, respuestas antiguamente adaptativas que habrían surgido frente a experiencias profundamente dolorosas.


Comprender nuestra historia y ponerle nombre a nuestras heridas puede ayudarnos a dejar de culpabilizarnos, reconocer las funciones originalmente protectoras de ciertos comportamientos y desarrollar una relación más compasiva con todas nuestras partes.


Pero ¿qué sucede cuando esa comprensión comienza a convertirse en una identidad? No es lo mismo reconocer «he atravesado experiencias traumáticas» que definirnos como «soy una persona traumatizada». Si nos definimos de ese modo, una herida del pasado pasa de ser una memoria dolorosa a ser una jaula mental en el presente. Sería peligroso que la explicación que inicialmente nos abrió posibilidades de comprensión comience, paradójicamente, a restringir nuestras posibilidades de transformación.


Entonces, ahora viene a mi mente una pregunta que considero esencial: ¿Cómo podemos honrar nuestras heridas sin negarlas ni quedar identificados con ellas?



«Noli me tangere»: una invitación a desapegarnos de lo que nos limita


Recuerdo un episodio del Evangelio de Juan que, desde hace algún tiempo, encuentro particularmente fructífero como metáfora que nos invita al desapego. 


Después de la Resurrección, María Magdalena se encuentra con Jesús junto al sepulcro vacío. Al principio no lo reconoce, hasta que él pronuncia su nombre. Entonces, ella le dice “Maestro” e intenta arrojarse sus pies, pero en medio de la emoción del reencuentro, Jesús le dice «Noli me tangere» (según la versión latina de la Vulgata) una frase que ha dado lugar a numerosas interpretaciones a lo largo de los siglos.Tradicionalmente la expresión ha sido traducida como «No me toques», aunque también puede entenderse como «No me retengas» o «No te aferres a mí».


Más allá de su contexto teológico, quisiera detenerme en una interpretación simbólica que encuentro especialmente significativa: No te aferres a la imagen de mí que conociste antes de mi transformación.


Hay algo profundamente humano en esta escena. Cuando nos reencontramos con alguien que amamos, especialmente después de no haberlo visto por un tiempo, es comprensible que deseemos recuperar de algún modo el contacto perdido. Nos aferramos a su presencia, su rostro, sus gestos y, también a la imagen que habíamos guardado de esa persona. 


La experiencia, sin embargo, nos recuerda una y otra vez que la vida es impermanencia, movimiento, cambio y transformación. Transformación implica que aquello que permanece reconocible no necesariamente continúa siendo lo mismo.


En la narrativa cristiana, Jesús resucitado conserva las marcas de la crucifixión. Las heridas no desaparecen. Son parte de su historia y permiten reconocer una continuidad entre quien sufrió y quien ahora se presenta transformado.

Sin embargo, esas marcas ya no lo mantienen clavado a la cruz.


Del mismo modo, en el trabajo de sanación de las heridas emocionales no se trata de regresar al estado anterior, al sufrimiento, como si nada hubiera ocurrido. Se trata más bien de embarcarnos en un viaje de transformación gradual en el que el pasado permanece en la memoria pero sin determinar por completo el presente ni constituirse en destino.


Desde esta perspectiva, la imagen del Resucitado nos ofrece una metáfora extraordinaria para pensar los procesos de sanación psicológica: podemos conservar nuestras cicatrices sin continuar viviendo como si nuestras heridas permanecieran abiertas.


La historia no necesita desaparecer para que nuestra relación con ella cambie. Y sanar, desde el abordaje del trauma, no significa borrar lo vivido —lo que es imposible—, sino que toda nuestra existencia ya no esté organizada alrededor de aquello que nos sucedió.




Reconocer el trauma no significa convertirlo en identidad 


Durante las últimas décadas, los abordajes terapéuticos informados en trauma han contribuido a cambiar, para bien, nuestra comprensión del sufrimiento psicológico. 


Hoy sabemos que muchas respuestas que parecen desproporcionadas, contradictorias o difíciles de comprender pueden haber cumplido funciones adaptativas en contextos de amenaza, desprotección o dolor emocional. La hipervigilancia, por ejemplo, pudo ayudarnos a anticipar peligros. La complacencia pudo preservar vínculos indispensables. El perfeccionismo pudo convertirse en una estrategia para evitar críticas o rechazos. Incluso ciertas formas de desconexión emocional pudieron permitirnos atravesar situaciones que, en aquel momento, resultaban abrumadoras.


Reconocer estas funciones nos permite reemplazar la pregunta culpabilizante de «¿Qué hay de malo en mí?» por otra que aporta mayor comprensión: «¿Qué pudo haberme sucedido para que aprendiera a responder de esta manera?».


Sin embargo, también podemos observar la siguiente tensión. Si bien necesitamos comprender cómo nuestra historia influyó en nuestra organización psicológica, no necesariamente necesitamos seguir definiéndonos a través de ella. Porque no es lo mismo reconocer que ciertas experiencias contribuyeron a configurar nuestra personalidad que asumir que esas experiencias determinan permanentemente quiénes somos.


En la investigación psicológica esta cuestión es conocida como centralidad del acontecimiento: el grado en que una experiencia, particularmente traumática, ocupa un lugar central en nuestra identidad y en la manera de interpretar nuestra vida. La relación es compleja. Una mayor centralidad del trauma puede asociarse tanto con sufrimiento psicológico como con procesos de reconstrucción de significado y crecimiento percibido. La flexibilidad psicológica parece desempeñar un papel relevante en cómo se relacionan estas experiencias (Boykin et al., 2020).


Esto nos invita a procurar evitar una conclusión simplista. No toda identificación con la experiencia traumática es necesariamente perjudicial. Para algunas personas, reconocerse como sobrevivientes de trauma representa un acto de dignidad, recuperación de la propia voz y pertenencia a una comunidad. Sin embargo, la dificultad aparece cuando una descripción, cualquiera sea su origen, comienza a funcionar como una definición cerrada de nosotros mismos. Entonces el relato deja de ayudarnos a comprender nuestra experiencia y comienza a anticipar rígidamente lo que podemos sentir, pensar o llegar a ser.


En otras palabras, el problema no es reconocer que el trauma forma parte de nuestra historia, sino asumir que nuestra historia traumática agota nuestra identidad.



Las partes también pueden crecer


El modelo de los Sistemas de la Familia Interna (IFS), desarrollado por Richard Schwartz, ofrece una perspectiva particularmente valiosa para explorar esta cuestión. Desde IFS comprendemos que nuestra vida psicológica se organiza mediante diferentes partes o subpersonalidades, cada una con experiencias, emociones, creencias e intenciones particulares.


Algunas partes intentan anticipar y controlar posibles amenazas (managers); otras reaccionan cuando el dolor se vuelve difícil de tolerar (firefighters); y otras pueden cargar con emociones, recuerdos y creencias que surgieron de experiencias tempranas de sufrimiento (exiles).


Una de las contribuciones más importantes de este modelo consiste en reconocer que incluso aquellas partes cuyos comportamientos nos generan dificultades suelen estar intentando protegernos de algo.


Desde esta mirada, no necesitamos combatir nuestra autoexigencia, nuestra ira o nuestros mecanismos de evitación como si fueran enemigos interiores. Podemos acercarnos a ellos con curiosidad y compasión, comprender sus temores y explorar otras posibilidades de respuesta.


Sin embargo, aquí también podemos encontrar una paradoja. El lenguaje de partes, que inicialmente nos ayuda a desarrollar una relación más flexible con nuestra experiencia interna, puede convertirse en una nueva forma de identificación.


«Éste es mi manager perfeccionista».

«Ésta es mi parte evitativa».

«Tengo una parte traumatizada que siempre reacciona así».


Estas descripciones pueden resultar útiles, especialmente cuando permiten reconocer patrones que antes permanecían fuera de nuestra conciencia. Pero si comenzamos a tratarlas como entidades inmutables —que no lo son—, corremos el riesgo de convertir un modelo dinámico de la mente en una clasificación rígida de nuestra personalidad.


En mi propio trabajo de autoconocimiento he encontrado útil dar nombres a algunas de mis partes (y no, no estoy loco, al menos no desde IFS). No porque considere que sean entidades independientes en un sentido literal, sino porque llamar por su nombre a mis partes me permite reconocer con mayor claridad determinadas experiencias internas y relacionarme con ellas de una manera más consciente.


Con el tiempo, he podido observar algo interesante y que ha tocado en mí fibras muy hondas: mis partes también pueden transformarse. He observado cómo una parte que durante muchos años ejerció una crítica constante pudo aprender a expresar su capacidad de discernimiento sin recurrir a la exigencia. Otra que respondía impulsivamente ante las amenazas pudo conservar su fuerza y valentía, pero utilizarlas ahora para establecer límites de manera más serena y consciente.


Con eso quiero decir que no necesitamos eliminar aquellas partes que alguna vez nos protegieron. Podemos ayudarlas a descubrir que ya no tienen que desempeñar eternamente la misma función. Porque desde IFS, el rol de una parte no es su esencia (Schwartz, 2021). Dicho de otro modo, las partes también pueden mostrar neuroplasticidad.  


Dos preguntas muy fecundas que podemos hacernos desde IFS son: ¿Qué le ocurrió a una parte para que asumiera determinado papel? —lo que amplía nuestra comprensión del contexto biográfico de la parte— y, luego, ¿Cómo sería esta parte si ya no temiera aquello que la lleva a actuar de una determinada manera? —lo que la abre a la posibilidad de la transformación—.


Estas preguntas introducen una dimensión esencial en el trabajo de sanación de heridas emocionales: no sólo comprender nuestro pasado, sino también abrir espacio para nuestro desarrollo.




De conocernos a transformarnos 


Algo semejante puede ocurrir con otros sistemas de autoconocimiento, como el Eneagrama. 


Cuando descubrimos determinados patrones de personalidad, muchas experiencias comienzan a adquirir sentido. Podemos reconocer tendencias habituales, estrategias de protección, temores recurrentes y maneras características de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.


El modelo puede ofrecernos un mapa valioso. Pero también podemos aferrarnos a sus descripciones.


«Soy un cinco, por eso necesito tomar distancia».

«Soy un dos, por eso siempre priorizo a los demás».

«Soy un uno, por eso no puedo dejar de exigirme».


El problema no reside en reconocer que el modelo describe nuestros patrones y que muchas veces también predice nuestros comportamientos. El verdadero problema radica en creer que somos nuestro eneatipo. Y nos olvidamos de una de las distinciones más importantes del Eneagrama, nuestro ego no es nuestra esencia, el eneatipo no agota nuestro ser. 


Porque no sólo hay una gran diferencia entre nuestro ser y los hábitos que hemos incorporado para intentar sobrevivir en un contexto vital que pertenece al pasado. Sino que, además, ya no somos —al menos no completamente— ese niño o niña que en el pasado tuvo que esconderse (5) y estar hiperalerta (6), o esforzarse para hacerlo todo bien (1, 3) y complacer (2), o evadirse (7), anestesiarse (9) o endurecerse (8) para protegerse y sobrevivir. Entonces confundimos el «tuve que hacer esto en busca de valoración y seguridad» con «soy así».


Cuando la descripción de un patrón de personalidad se convierte en una justificación permanente de nuestros comportamientos, el reconocimiento del patrón deja de ampliar nuestra libertad y comienza a limitarla. Y aquello que inicialmente nos ayudó a reconocer nuestros condicionamientos puede terminar reforzándolos.


Esta reflexión conecta directamente con la metáfora budista de «El dedo que apunta a la luna», que exploré en un artículo anterior. Los modelos psicológicos, las tipologías de personalidad y las narrativas sobre nuestra historia son herramientas que pueden ayudarnos a orientar la atención hacia aspectos significativos de nuestra experiencia. Pero el mapa, por preciso que sea, no es el territorio ni reemplaza la experiencia única de cada persona al recorrerlo. Es por eso que no hay dos personas ni dos procesos vitales iguales, aunque compartan lazos de sangre, tengan experiencias y formación en común, o se identifiquen con el mismo eneatipo y subtipo. Y está bien que así sea, porque la persona es más que su personalidad, la esencia no se reduce al ego, o también podríamos decir: nuestro ser trasciende nuestro eneatipo.


Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), podemos comprender esta dificultad a través del concepto de fusión cognitiva: cuando nos relacionamos con nuestras narrativas y creencias como si fueran descripciones literales y definitivas de la realidad.


Por el contrario, desarrollar flexibilidad psicológica implica aprender a reconocer nuestros pensamientos sin quedar completamente determinados por ellos. Podemos observar que aparece la idea «yo siempre fui así» sin asumir que necesariamente debamos continuar siendo así. Podemos reconocer nuestras tendencias habituales sin tratarlas como destinos inevitables. Y podemos comprender nuestra historia sin renunciar a la posibilidad de escribir nuevos capítulos en el libro de nuestra vida. 


El objetivo de la flexibilidad psicológica, como también el objetivo último del Eneagrama, no consiste en deshacernos de nuestras narrativas, sino en aprender a relacionarnos con ellas con mayor libertad.


Descender para trascender


Hay otro aspecto de esta reflexión que quisiera compartir desde mi propia experiencia. En mi trabajo personal con IFS, he reconocido una parte con un fuerte sentido transpersonal; la percibo como un protector cercano al Self, sin ser él, orientado a la búsqueda de sentido, la integración y la trascendencia, aunque profundamente comprometida con la realidad concreta de la experiencia humana.


En una conversación reciente, mientras reflexionaba con un colega sobre lo que significa trascender el trauma (del latín transcendo: atravesar subiendo, dar un salto; De Miguel, 1924), para evitar que la narrativa se convierta en identidad, esta parte transpersonal me trajo una imagen que me resultó especialmente esclarecedora: «Para dar un salto, tenés que tocar fuerte el suelo».


Creo que el mensaje central que encierra esta metáfora es que trascender no significa evitar. No podemos trascender nuestro sufrimiento si primero no lo abrazamos. Es lo que en algunos contextos se denomina bypass espiritual: utilizar ideas, creencias o prácticas espirituales para eludir emociones dolorosas, conflictos psicológicos o aspectos difíciles de nuestra historia. 


Pero muchas personas que trabajan el trauma —incluyendo terapeutas— en ocasiones olvidan que trascender tampoco significa aferrarse. Después de abrazar a nuestras heridas necesitamos aprender a soltarlas para no hacer de la narrativa «soy una persona traumatizada» una nueva identidad autolimitante. 


Trascender el trauma no significa apresurarnos a afirmar que debemos perdonar, soltar o trascender antes de haber reconocido verdaderamente lo que nos ocurrió. Se trata de, en lugar de buscar elevarnos por encima del sufrimiento mediante la negación, sino atravesarlo a pie, paso a paso, estando todas nuestras partes acompañadas por la energía del Self, con curiosidad, coraje y compasión (tema al que volveremos en otro artículo).




Las cicatrices no son la herida


Volvamos por un momento a la imagen del Resucitado.

Lo que encuentro particularmente significativo de esta metáfora es que las cicatrices permanecen. No hay negación de la historia. No hay intento de borrar el sufrimiento. Tampoco existe la fantasía evasiva de regresar a una condición “ideal”, anterior a todo dolor. La presencia de las cicatrices dice: hay continuidad, pero también transformación.


Desde una lectura psicológica, esto nos invita a considerar que sanar no significa necesariamente dejar de experimentar dolor ante ciertos recuerdos, ni alcanzar un estado en el que nuestra historia ya no tenga consecuencias. Significa, entre otras posibilidades, desarrollar una relación más flexible, consciente y compasiva con aquello que hemos vivido (Charles, 2025).


Una cicatriz testimonia que hubo una herida. Pero no es lo mismo vivir reconociendo esa marca que organizar toda nuestra vida como si la herida debiera permanecer abierta. Puedo decir: «Sí, esta es mi cicatriz, y a veces aún duele», sin tener que concluir: «Por lo tanto, esto define todo lo que soy».


A veces, lo verdaderamente transformador consiste simplemente en descubrir que aquello que nos sucedió ya no tiene que ocupar el centro de todas nuestras decisiones. Que podemos volver a experimentar alegría sin sentir que traicionamos nuestra historia. Que podemos establecer vínculos nuevos sin repetir necesariamente los mismos temores. Que podemos aprender a descansar sin tener que demostrar constantemente nuestro valor. O que una parte de nosotros, acostumbrada durante años a mantenerse alerta, puede comenzar a descubrir que existen momentos en los que ya no necesita vigilar.


Quisiera terminar regresando a la expresión que inspiró este artículo: «Noli me tangere». «No te aferres a mí». Me gusta imaginar que estas palabras no están dirigidas solamente a María Magdalena, sino también, simbólicamente, a nuestra propia tendencia a aferrarnos a las imágenes que construimos de nosotros mismos. 


Podríamos decirles a nuestras partes: «No se aferren a quienes fuimos». «No se aferren a la explicación de por qué llegamos a ser así». «No se aferren a las estrategias que alguna vez necesitamos para sobrevivir». «Y tampoco se aferren a la imagen de quien creímos que debíamos llegar a ser». Porque incluso nuestras aspiraciones de transformación pueden convertirse en nuevas formas de rigidez cuando pretendemos controlar de antemano aquello que estamos llamados a descubrir.


Desde una perspectiva budista, el no-apego no implica indiferencia, negación del pasado ni rechazo de nuestra identidad convencional. Nos invita, más bien, a dejar de sostener nuestras experiencias como si fueran realidades fijas e inmutables.


Podemos cuidar nuestra historia sin aferrarnos a ella. Podemos agradecer a nuestras partes protectoras sin exigirles que continúen siendo quienes fueron. Podemos reconocer nuestras cicatrices sin convertirlas en el único testimonio de nuestra existencia ni en el centro de nuestra identidad. Porque nuestras heridas pertenecen a nuestra historia. Pero nuestra historia todavía está siendo escrita.

Y tal vez, después de haber dedicado tanto tiempo a comprender quiénes tuvimos que ser para sobrevivir, podamos abrirnos a una pregunta diferente:


¿Quién puedo llegar a ser cuando ya no necesito vivir solamente para sobrevivir?


Hasta la próxima,

Marcelo Aguirre



Referencias


  • Boykin, D. M., Anyanwu, J., Calvin, K., & Orcutt, H. K. (2020). The moderating effect of psychological flexibility on event centrality in determining trauma outcomes. Psychological Trauma: Theory, Research, Practice, and Policy, 12(2), 193–199. https://doi.org/10.1037/tra0000490

  • Charles, M. H. (2025). “I won’t let the past destroy me”: A narrative analysis of identity repair and nascent post-traumatic growth among former child soldiers in Colombia. https://doi.org/10.1177/13591045251387378

  • De Miguel, R., & Marqués de Morante. (1924). Nuevo diccionario latino-español etimológico (17.ª ed., corregida y aumentada). Sáenz de Jubera Hermanos.

  • Evangelio según San Juan, 20:11–18. (Pasaje de Noli me tangere - Vulgata).

  • Schwartz, R. C. (2021). No bad parts. Healing Trauma & Restoring Wholeness with The Internal Family Systems Model. Sounds True.





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