De la Víctima al Héroe: Un proceso de transformación

25 Jun 2018

 

 

 

I. EL ARQUETIPO DE LA VÍCTIMA

 

Imprecisiones y paradojas

 

La mente humana tiene una complejidad inconmensurable, a lo cual debemos añadir que nuestras intenciones en ocasiones son contradictorias con nuestros principios, y nuestro razonamiento —en el que fundamos tales principios— muchas veces se halla viciado por opiniones y creencias que solemos generalizar a partir de experiencias particulares. Y lo que en ocasiones nos parece evidente muchas veces no es más que una visión errónea o inexacta —imprecisa— de la realidad, producto de nuestra asombrosa capacidad para realizar 'inferencias arbitrarias', es decir, para sacar conclusiones basadas en premisas insuficientes, basadas más en nuestros prejuicios acerca de lo que ocurre —tomados simplemente como hechos indiscutibles— que sobre una observación imparcial de los acontecimientos. 

 

Además, nos encontramos a diario con paradojas que nos dejan perplejos, tales como que —aunque sus palabras digan lo contrario— no todas las víctimas manifiestan con sus acciones un auténtica voluntad de dejar de ser víctimas, y muchos victimarios declaran de sí mismos haber sido obligados por las circunstancias a hacer lo que los ha convertido en victimarios. En el primer caso, la víctima no es propiamente víctima; en el segundo, el victimario es, en el fondo, una víctima.

 

Nótese que cuando hablamos de víctima en general, no nos referimos a las víctimas en cuanto individuos particulares que sufren de alguna manera una acción injusta, sino más bien al Arquetipo de la Víctima.

 

 

¿Qué es un arquetipo? ¿De dónde surge?

 

Un Arquetipo, en la concepción de Carl Gustav Jung, es un «patrón de la psique», una configuración de tipo mental, emocional, actitudinal y comportamental —la mayor parte de las veces no consciente—, que determina algún aspecto del funcionamiento psicosocial, tanto de individuos concretos, como de grupos y culturas (Jung, 2004).

 

Tales patrones de la psique se originan en experiencias humanas universales (dimensión filogenética), y se activan en cada individuo en función de determinadas vivencias personales, particularmente aquellas que por algún motivo han dejado una 'huella' en el alma, tales como ciertas vivencias significativas de la infancia —o de alguna otra etapa vital— experimentadas por el individuo con una peculiar intensidad (dimensión ontogenética de los arquetipos).

 

Por ejemplo, a partir de la experiencia universal de la maternidad —experiencia presente en todas las culturas, en todos los tiempos—, con sus múltiples variaciones en estilos y modos, hallamos en la psique humana el arquetipo de la Madre, que incluye una gran variedad de matices, y que se plasma en figuras particulares de madres, diferentes en cada cultura, como la Madre Tierra (Pachamama), la Virgen María, la Diosa Kali, etc. Incluso la imagen que tenemos de nuestra propia madre puede estar teñida por algún matiz perteneciente al arquetipo universal de la Madre, que puede corresponder, en mayor o menor medida, a características pertenecientes a nuestra madre biológica. Lo mismo podríamos decir acerca del origen del arquetipo de la Víctima y los demás arquetipos de la psique, que según Jung, son incontables. Cada arquetipo condensa una experiencia humana fundamental y se expresa a través de determinados símbolos e imaginario cultural.  

 

 

Tres significados de «víctima»: Impotente, inocente, culpable

 

Etimológicamente, la palabra «víctima», en su raíz latina, significa «atado» (De Miguel, 1924), y se refiere al animal que era amarrado y depositado en el altar para ser ofrecido en sacrificio a alguna deidad. De allí que el significado más profundo de la 'víctima', en tanto arquetipo, es el de 'impotente', y refiere a cierta experiencia de desesperación, vinculada a las ideas de pasividad y catástrofe —ser atado, a la fuerza, y llevado a la muerte en contra de la propia voluntad—, así como a las emociones del miedo extremo —pánico— y tristeza ante una situación límite forzosa e inevitable. 

 

 

 

Por otra parte, el arquetipo de la víctima también puede referir a la idea del 'inocente'. En muchas religiones antiguas se practicaba el sacrificio, en el cual la víctima debía ser pura, inocente e inmaculada, dado que su vida debía ser inmolada a una divinidad, como una ofrenda digna de un ser superior. 

 

Sin embargo, también el arquetipo de la víctima puede incluir un significado opuesto al anterior, refiriendo a la idea de 'culpable'. Tal es el caso de la víctima que es objeto de la ira de alguna divinidad, de modo que su sufrimiento —y en última instancia, su muerte— es consecuencia de alguna transgresión, exceso o desmesura —«hybris», decían los antiguos griegos—, de modo que la aplicación de su castigo se torna un acto de reparación y expiación, justicia, para aplacar la ira de los dioses. Hay dos tipos de desmesura o «hybris»: demasiado mucho, o demasiado poco. De allí que tendremos dos tipos de víctimas culpables: la que peca por exceso, y la que peca por defecto.

 

Cuando una persona asume la posición de víctima —conscientemente o no— asume una posición básica de 'impotente', con las variantes de inocente, culpable por 'demasiado mucho', o culpable por 'demasiado poco', referido a algún aspecto del carácter, acción o actitud personal. Pero también puede ocurrir que una misma víctima alterne entre estas posiciones. Considerar estos significados del arquetipo de la víctima puede arrojar luz a la comprensión de muchas de nuestras experiencias vinculadas al sufrimiento, a la impotencia y al miedo paralizante, a la culpa, «todo lo que me pasa me lo merezco»; o a la sensación de que el mundo se ha vuelto en nuestra contra sólo por ser «yo una buena persona».

 

La posición que adoptemos, esto es, el significado que atribuyamos a nuestro ser víctima, va a determinar el sentido que habremos de otorgarle al dolor y al sufrimiento que estemos experimentando en determinadas circunstancias. Y es que los seres humanos no toleramos el sinsentido. Necesitamos atribuirle algún significado al dolor y al sufrimiento; de ese modo creamos una interpretación que, de alguna manera, hace más llevadera esa faceta oscura de la existencia de la cual ningún mortal está exento. El dolor y el sufrimiento se vuelven más llevaderos, más soportables, cuando les damos algún sentido. 

 

 

Mecanismos defensivos ante el reconocimiento de la propia falta —«hybris»—: proyección, negación, introyección

 

'Inocente': Negación de la falta

Una cosa es ser realmente inocente ante una injusticia, y otra cosa es erigirnos en inocentes, desligándonos de toda responsabilidad respecto del sufrimiento que nos toca soportar. Si hemos asumido un rol compulsivo de inocentes, entonces hemos negado nuestra falta, hemos negado todo aspecto negativo propio. Pensamos que somos como esas ovejas inmaculadas, que justamente por ser buenas, mansas, puras, han sido elegidas para ser sacrificadas. Nuestro sufrimiento viene a confirmar que somos mejores que los otros, que somos especiales, si nadie sufre como nosotros —siendo tan inocentes como somos—, entonces es porque nadie es tan digno como nosotros de ser llevados al altar del sacrificio. En el fondo, no queremos dejar de ser víctimas, aunque sufrimos, porque justamente hemos atribuido al sufrimiento el carácter de confirmación de nuestra propia inocencia y bondad.

 

Culpable por 'demasiado bueno': Proyección de la falta 

No podemos evitar sufrir algunas veces injurias que realmente no merecemos. Pero si hemos asumido el rol compulsivo de víctimas por ser 'demasiado buenos', víctimas del destino, de la maldad, ignorancia e imperfección de los otros, entonces hemos proyectado —hemos vomitado— sobre los otros nuestra propia falta, maldad, ignorancia e imperfección. Los malos son los otros. Entonces, no paramos de lamentarnos: «¿Por qué a mi?». Y no encontramos sino la misma respuesta: porque soy una víctima, injustamente lo soy, «¡Ay, pobre de mí!». Los otros deben tener compasión —o por lo menos lástima— ante mi sufrimiento; si lo hacen, pues bien, es porque soy víctima; si no lo hacen, su misma frialdad confirma que sigo siendo víctima.

 

Culpable por 'malo': Introyección de la falta

En ocasiones somos realmente responsables de alguna consecuencia desagradable o dolorosa de nuestras acciones u omisiones. Sin embargo, si hemos asumido un rol compulsivo de culpables, haciéndonos cargo incluso de lo que no debería caer bajo nuestra responsabilidad, sino sobre la de otros, entonces hemos introyectado la falta, lo negativo que hay en otros, su maldad y/o ignorancia, para eximirlos de responsabilidad. De ese modo, nos auto-inmolamos para conseguir o conservar algún beneficio: que el otro no se aleje, que no me prive de su presencia o apoyo, al sentirse acusado por mi. Entonces decimos: «¡Es mi culpa, perdóname!», «¡Yo, el peor de todos!», «Me lo merezco, por ser tan idiota», con lo cual podríamos estar dando al otro mensajes como estos: «¿No ves lo necesitado que estoy de ti?, sólo soy alguien que comete muchos errores; ¿no te basta con ver mi humillación?, ¡no me dejes!». Lo cual, bien podría generar el efecto contrario del que buscamos desde la posición de víctima: que el otro efectivamente se aleje ante tal muestra de baja auto estima por nuestra parte. Y si lo hace, si nos deja, ello nos confirmaría en la posición de víctima, merecedores de abandono y de todo lo malo. 

 

A partir de todo lo anterior, queda claro que los tres mecanismos defensivos implicados en el arquetipo de la víctima producen una 'profecía autorrealizada': el mismo rol de víctima, compulsivamente asumido, produce que el entorno confirme que la víctima es víctima, e incrementa en ella un sufrimiento, en el fondo, innecesario —excepto para quien se aferra al hábito de encarnar el arquetipo de la víctima—.  

 

 

Hecho vs. Interpretación del hecho

 

Tengamos presente que el sentido que le asignamos al sufrimiento es producto de nuestra atribución de significado —una atribución que no siempre es consciente—. No debemos confundir el hecho de que en ocasiones sufrimos, con la interpretación que realizamos del por qué sufrimos —porque soy 'demasiado bueno', porque soy 'malo', porque simplemente soy 'inocente e impotente'—.

 

Preguntarnos qué significado estamos atribuyendo a nuestro sufrimiento, en qué lugar nos estamos posicionando ante él —inocente, impotente, culpable— y, a la vez, reconocer que tenemos la capacidad de re-interpretar el sufrimiento, de construir nuevos significados ante él, nos va a permitir dejar de ser una víctima. Porque no siempre podremos cambiar los hechos, pero siempre podemos cambiar la interpretación que hacemos de los hechos. 

 

Nada hay más liberador que tomar conciencia de que, como dice Epícteto: «No sufrimos tanto por lo que nos pasa, cuanto por lo que nos decimos a nosotros mismos acerca de lo que nos pasa» (máxima de la Psicoterapia Cognitiva). Este reconocimiento de nuestra propia responsabilidad en la raíz de nuestro sufrimiento y, por ende, también el reconocimiento del poder que tenemos para liberarnos del sufrimiento a partir del cambio de nuestro pensamiento, esto es, de la interpretación que hacemos de los hechos dolorosos, del sentido que atribuimos al sufrimiento, de la posición que adoptamos frente a él, esta nueva consciencia nos permite salir de lo que antes se nos presentaba como lo inevitable, el destino, la voluntad inamovible de los dioses que nos condenaba a la amarga resignación, o peor, al perpetuo enojo y resentimiento. 

 

 

II. PREGUNTAS PARA TRABAJAR EN SI MISMO EL ARQUETIPO DE LA VICTIMA

 

Algunas preguntas que podemos hacernos para trabajar el arquetipo de la víctima en nosotros mismos, son las siguientes. Te sugiero que no te limites a leerlas, sino que tomes un papel y lápiz, y respondas concretamente a cada una. Al finalizar el ejercicio, puedes leer nuevamente las preguntas y tus respuestas a cada una. ¿Qué nueva perspectiva descubriste? 

  • ¿En qué situaciones o circunstancias me siento o me he sentido víctima?

  • Tomado una de esas situaciones o circunstancias, ¿qué tipo de víctima soy/fui (inocente, culpable por demasiado bueno, culpable por malo)?

  • ¿Qué otra lectura o interpretación podría dar a lo que sucedió?

  • ¿Cuáles son mis responsabilidades y cuáles no lo son en tal asunto?

  • ¿Qué pensamientos, emociones y conductas mías propias, estuvieron implicadas?

 

 

III. CÓMO SE MANIFIESTA EL ARQUETIPO DE LA VICTIMA SEGÚN LOS ESTILOS DE PERSONALIDAD

 

Como vimos, la etimología del término víctimaremite a ‘atadura’, y está vinculado a la noción de pasividad sufriente. Lo cual se relaciona directamente con el concepto de pasión del Eneagrama. Para ser más precisos, se trata de nueve pasiones dominantes. Por definición una pasión es un impulso que se padece, involuntario, que influye en diverso grado sobre las emociones y acciones de una persona y, por ende, presupone determinaros pensamientos asociados a tales emociones y patrones comportamentales.